Para doña Elodia

21 12 2006

Elodia Vázquez
Desde donde esté usted seguramente no leerá las palabras que escribo con corazón en mano. Allá seguramente no hay red y además a usted no le gustan los aparatos raros. Pero sabe -y digo que sabe porque no se ha ido- que siempre hemos estado orgullosos de usted y del ejemplo de vida que nos ha dado.

Elodia Vázquez Hernández: en El Espinal se le tiene aprecio. No nos despedimos, solo posponemos una cita hasta que sea el momento. Pero para cuando eso llegue, habremos hecho muchas cosas. Sus nietos seguiremos creciendo, cosechando nuestros frutos de vida y errores nuevos y metiendo la pata y echando relajo, ya sabe que luego no nos quieren por pasados y pesados. Sus hijos continuarán transmitiendo sus enseñanzas y su ejemplo. Nada más y nada menos.

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Sigo sin entender porqué demolieron la capilla que construyeron en sus años. A decir verdad, usted y todos por allá construyeron la vida local. Me pregunto ¿que será de aquellos a quienes enseñó a leer en el rancho? Lo que sea, no sería lo mismo sin usted. Ni la casa que nos ha dado techo a todos, ni los arbustos, ni sus flores. Ya no las regará, pero ellas seguirán floreciendo.

Perdone si digo disparates. Son cosas honestas, que salen de aquí profundo el motor y que usted ya sabía pero se las recuerdo por si se le olvidaron. Estoy seguro que no es así, pero qué más da. Es que hay tantas cosas que quisiera decir que no coordino las neoronas con las entrañas. O al revés.

Fue un honor para mí vivir estos meses con usted. De las dos cosas que me comprometí hacer el último día que hablamos quizá solo pueda cumplirle con una. La otra no depende de mí, usted lo sabe, pero lo que sí puedo hacer lo haré y con mucho gusto. En su honor, se lo debo. Podré fallarle al mundo pero a usté nunca. No se le olvide. La quiero y le mando un beso.

Doña Elodia, abuelita: la extrañaré. Y mucho.


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